Noche en el desierto del Sahara

     ¿Habéis estado alguna vez en un lugar dónde os aborde una paz infinita? ¿Un lugar en el que parezca que no haya más mundo que en el que estás en ese mismo momento? Ese sitio fue para nosotros el desierto del Sáhara, concretamente en la zona de Erg Chebbi (Marruecos).
     Recuerdo perfectamente como fue nuestra llegada al desierto… tras pasar la noche anterior alojados en las Gargantas del Dades, nos pusimos rumbo a Merzouga. Cuando habíamos recorrido más de 250 km y tras varios altos en el camino,  comenzamos a vislumbrar la silueta de las dunas, parecía como si alguien hubiera colgado un telón en el horizonte con ese maravilloso paisaje pintado en él. Naiara estaba emocionada, y se preguntaba cómo era posible que así, sin más, hubiera tanta arena junta. 
     A nuestro alrededor el entorno era seco, lleno de piedras y la única vegetación que se veía eran matojos secos, como los que aparecían rodando por el terreno de las típicas películas del oeste. Pero cuanto más nos acercábamos a ese asombroso telón, el suelo se volvía cada vez más negro, parecía como alquitranado y casi sin darnos cuenta, ya habíamos llegado a Merzouga.

Comenzamos a ver las dunas en el horizonte

Llegando a Merzouga

   Allí dejamos nuestras pertenencias en la casa de nuestro guía Hassan, quien antes de ponernos en marcha, nos invitó a degustar un té acompañado de unas deliciosas pastas típicas marroquíes. Tras el descanso y enseñarnos el pequeño pueblo que nos daba la bienvenida al desierto, nos dirigimos a la zona donde nos esperaban los camellos que nos llevarían hasta la jaima en la que pasaríamos la noche. 
Disfrutando de la hospitalidad de nuestros guías

Preparados para adentrarnos en el desierto
   Viajamos unas 2 horas hasta llegar al campamento, que estaba situado bajo la Gran Duna (es la zona donde se asientan la mayoría de campamentos para los turistas, aunque el nuestro quedaba alejado del resto). Durante el trayecto a lomos del dromedario, pudimos contemplar la belleza de la puesta de sol. A medida que el cielo se iba oscureciendo, un manto de estrellas alumbraban la noche. Tuvimos una gran suerte, ya que al coincidir con luna nueva, no había ninguna luz que nos «molestara» para observar la asombrosa vía láctea, yo jamás había disfrutado de un cielo tan bonito y ahora creo en eso que dicen de quien no ha visto el cielo nocturno en el desierto, no ha visto nunca las estrellas. Resultó ser una clase de astronomía improvisada para Naiara. Por desgracia, no pudimos capturar ninguna foto que hiciera justicia a lo que estábamos viendo, y mira que lo intentamos, pero parece que todavía nos hace falta un curso intensivo en fotografía. 

Descanso para disfrutar del atardecer

Atardecer en el desierto
   Ya acomodados en la jaima, nuestros guías se encargaron de prepararnos la cena (riquísima, por cierto) y para hacer la noche más especial si cabe, nos deleitaron con un pequeño concierto de tambores. Sin duda, fue algo mágico… si cierro los ojos todavía puedo sentir la suave y gélida arena resbalando por mis pies, el frescor de la noche, acompañada de un silencio sólo perturbado por el sonido de los tambores beréberes… ¡o por Naiara! y es que si alguien disfrutó más que nosotros fue ella, tocando los tambores, bailando, haciéndonos bailar a todos e incluso interpretando alguna que otra obra de teatro compuesta y dirigida por ella misma.

Nuestro campamento bajo la Gran Duna

    Más tarde, antes de irnos a la cama, todo el grupo subimos una duna cercana al campamento, pero tuvimos que aprender como escalar en la arena, ya que tiene truco. Allí estuvimos un buen rato tirados, contándonos historias, conociéndonos, contemplando el cielo, pero sobre todo dejándonos llevar por la experiencia que estábamos compartiendo.
    Cuando llegó la hora de dormir, creo que todos lo tuvieron mucho más fácil que nosotros, y es que Naiara estaba empeñada que en nuestra jaima había un gato mirándola, y si ella no dormía, allí nos dormíamos ninguno. Es cierto que habían varios gatos, pero no dentro con nosotros, pues ellos ya estaban bastante ocupados manteniendo lejos del campamento a los gerbos que habitan el desierto. Aunque cada vez que escuchábamos maullar a uno, teníamos que coger una de nuestras cámaras, y utilizándola a modo de linterna, alumbrar toda la habitación para asegurarnos de que no había ningún gato… hasta que por fin cayó rendida de sueño y ya no había nada que la molestase. 

En nuestra habitación (cada una era independiente)

   Minutos antes de que comenzara a amanecer, nos despertaron para que no nos lo perdiéramos, así que volvimos a subir a la duna en la que habíamos estado esa noche para poder tener una vista privilegiada. Es cierto que la mejor panorámica es desde la cima de la Gran Duna, pero en el tiempo que tardábamos subiendo, el sol ya habría salido, así que nos quedamos en la «nuestra», que no nos defraudó. Resulta todo un espectáculo de colores ver como van cambiando de tonalidad las dunas a medida que el sol va apareciendo. 

   Cuando ya hubo amanecido y con el estómago lleno, nos preparamos para tomar el camino de vuelta, no sin antes jugar un rato y llevarnos un poquito de arena de recuerdo.  

   Sin lugar a dudas, pasar una noche en el desierto ha sido una de las mejores experiencias de nuestra vida, nos sentimos unos auténticos privilegiados por haber podido formar parte de ese mágico entorno que te atrapa desde el mismo momento en el que llegas. Aunque es cierto, que como en todos los viajes, la compañía es importante, y nosotros tuvimos la gran suerte de coincidir con un grupo genial que hizo más enriquecedora aún esta vivencia. Pero tampoco me puedo olvidar del trato tan estupendo que nos brindaron nuestros guías, nos enseñaron muchísimo acerca de todo lo que íbamos viendo, nos hicieron sentir muy a gusto con su hospitalidad y sobre todo, nos hicieron disfrutar como niños… y sino que se lo pregunten a Naiara!

DATOS DE INTERÉS:

– Excursiones:

    – Nosotros teníamos contratada la excursión desde Marrakech con la empresa Disfruta Marrakech, aunque se puede ir por cuenta propia hasta Merzouga y desde allí contratar excursiones al desierto en las diferentes empresas que encontraréis.
      – También se puede acampar por libre y de forma segura en el desierto, algo que puede que os ayude si viajáis en temporada alta para huir del turismo masivo. Eso sí, no olvidéis la brújula e ir con todo bien preparado.
     
– Clima:
     – Aunque viajéis en verano, suelen bajar bastante las temperaturas por la noche, por lo que no olvidéis llevar alguna chaqueta.
– Época para viajar:
      – Como en todos los viajes, la temporada alta suele ser más agobiante por que esta todo superpoblado de turistas, y hablando del desierto, a esto se le suma las altas temperaturas que existen durante el día. Sabemos de gente que ha viajado en verano y no ha podido disfrutar del desierto, principalmente por la cantidad de tránsito que había: quads, motos, 4×4… Nosotros viajamos a principios de noviembre, lo que resultó genial, tanto por el clima como por la tranquilidad que encontramos.

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