Pompeya, un romance en el tiempo…

       Ya desde que escuché hablar cuando era niña a una amiga de mi madre sobre su viaje a Pompeya, quedé fascinada con todo lo que relataba… Los resquicios de la antigua ciudad romana seguía mostrando su grandeza… los mosaicos de una vida anterior todavía nos contaban historias…y los restos de ciudadanos que quedaron sepultados bajo la lluvia de piedras volcánicas y cenizas tras la erupción del Vesubio reflejaban el horror que se vivió el 25 de agosto del año 79 d.C. Fue en ese mismo instante en el que me prometí a mi misma que algún día viajaría a Nápoles, para caminar por las calles de la ciudad que quedó detenida en el tiempo.

        Y como bien dice Naiara que «las promesas están para cumplirlas», en abril de 2012 me presenté en Nápoles dispuesta a cumplirla. Preparada para empaparme de historia y maravillarme con cada una de las joyas arqueológicas que allí se conservan.

       Aunque mi llegada no fue como esperaba, ya que la torrencial lluvia que vino a recibirme al puerto de Nápoles hizo que pensara que no podría disfrutar de la visita que llevaba tantos años esperando. Pero, al poco de llegar a Pompeya, como en un gesto de amabilidad y compasión, la lluvia cesó poco a poco, dejándome así vivir en presente un pasado que me estaba aguardando.

       Los primeros vestigios de la ciudad abandonada en el tiempo tras su destrucción vieron la luz entre los años 1594 y 1600, pero no fue hasta 1748 cuando Carlos de Borbón se interesó por estos hallazgos y ordenó las primeras exploraciones arqueológicas que todavía hoy en día continúan.  Pues desde hace siglos, Pompeya, que constituye una de las mejores y más fieles clases de historia a cerca del mundo romano gracias a su buena conservación, sigue embelesando a todo aquel que por ella se interesa.

      Pasear por las empedradas calles, cruzar por los elevados pasos de peatones que allí se encuentran, adentrarte en las lujosas villas o visitar el burdel con imágenes a modo de catálogo de servicios engastadas sobre la puerta de cada habitación, te hacen aproximarte al civilizado modo de vida que antaño existía y te descubren la riqueza que poseía la aristocracia romana.

         Pompeya se extiende a lo largo de 45 hectáreas, por lo que conocerla bien os llevará como mínimo entre 5 y 6 horas. Cuenta con dos entradas, una en la Puerta Marina a la que puedes llegar desde Nápoles mediante la linea de tren conocida como Circumvesuviana, y la otra entrada es la Puerta de la Plaza del Anfiteatro, situada en el pueblo de Pompeya.

       Os recomiendo que antes de visitarla, a no ser que se trate de una excursión programada como fue mi caso, preparéis vuestro propio recorrido y señaléis los rincones imprescindibles que queréis conocer. Pero para no perderse nada, es imprescindible adquirir la guía gratuita que te dan con la entrada (no olvidéis pedirla, pues a veces se les olvida darla) o también alquilar un audioguía. Si preferís saltaros la cola que se forma en la entrada,  es mejor comprar los tickets por internet en su página web.

        Además, si disponéis de tiempo y os maravillan estos lugares, no dudéis en visitar las ruinas de Herculano, otra pequeña ciudad situada en las laderas del Vesubio que pereció tras la erupción del volcán aquel año 79 d.c.

         Aunque para mí esta visita supuso uno de mis sueños viajeros cumplidos, me supo a muy poco y por eso, hoy me vuelvo a prometer que algún día volveré, esta vez también con Naiara, para poder descubrir todo lo que me quedó pendiente… ¡Las promesas están para cumplirlas!

   

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